| LA CARNE Y EL VERBO |
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| escrito por Fr. Juan Quevedo-Bosch | |||||||||
| Saturday, 26 de December de 2009 | |||||||||
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Todavía conrecuerdos recientes de la azucarada historia del establo, los pastores, ángelesy reyes magos el leccionario nos mueve rápido al primer capítulo del evangeliode Juan y al hacerlo nos cambia por completo la visión del nacimiento. Nospresenta con majestuosas frases de difícil de comprensión, el texto parece máshimno que comentario teológico del nacimiento de Jesús. El pasaje nos recuerdaque el niño nacido en Belén es al mismo tiempo Dios mismo y verdadero hombre.Que el pesebre de Belén no es más que el lado terrenal del puente con el eternoque es Cristo. Que el que adoramos esta entre la carne como representación detodo lo terrenal y el Divino Verbo. Preparándome para la predicación de hoy seme ocurrió que en lugar de elucidar para ustedes el sentido del pasaje, simplementeusaría la oportunidad para alabar la Encarnación, la venida del Divino Verbo a nosotrosen la carne.
LA CARNE Y EL VERBO La carne, tangible, con historia ya hecha y con historia por hacer, La carne enredada en el mundo, la carne limpia del niño que nace y la carne que se ensucia con el tiempo, se enfanga con las esperanzas incumplidas, los deseos insatisfechos, con las prisiones que nos fabricamos. La carne de la sed y el hambre, la carne del desamor y de la pasión, la carne localizada, la carne de la peste y del sudor, del dolor y del reencuentro, del abuso y del amor, de la muerte y de la resurrección. La carne de lo que pudo ser y no fue, la carne de lo insospechado que será, la carne del regreso de la vida a la muerte, la carne del viaje humano, la carne de los que nos aman y los que nos odian, La carne de esta tierra, de este país extraño que batallo por hacer mio, la carne de nuestros países, de nuestra familias de nuestro barrios, la carne de allá; del sofocante verano o la carne de la sofocante altitud; de donde realmente vengo, La carne de mi café amargo y de mi arepa insípida, de cumbia, salsa, house y de silencio. La carne de políticos, de religiosos, de laicos, de tamaleras, de albañiles, de ilegales y de domesticas. La carne de padres y madres e hijos, de tíos, abuelas, suegras y entenados. La carne del odio y la carne del reencuentro. De esta carne se enamoró tanto El Divino Verbo que no tuvo miedo someterse a la incertidumbre del vivir, se sometió a la voluntad malvada de los hombres, a la duda y al rechazo por amor a esta carne. A esta carne vino el Divino Verbo para llevarse esta carne con Él de regreso al cielo, y cruzando por la puerta del Calvario, poniendo un poquito de ti y de mi, al ladito de la Derecha del Padre de todas las cosas. A esta carne de políticos, de religiosos, de laicos, de tamaleras, de albañiles, de ilegales y de domesticas. A esta a carne de padres y madres e hijos, de borrachos, narcómanos y gente de dinero, vino El. Él quien pudo mantenerse contemplando desde lo alto, desde el seguro comienzo de todas las realidades, aquel que presidió el nacimiento de esta carne, de esta realidad, de este mundo, El que es la luz de todas las cosas vino a nuestra oscuridad, no vino como turista perplejo e indiferente, sino como inmigrante a vivir en esta carne y a sufrir nuestra suerte en la carne de la vida y de la muerte. Vino a ponernos en el alma de esta carne, la inquietud del cielo, del mañana, de la esperanza, del amor, la inquietud de Dios. Y desde entonces, cuando El se hizo carne y habitó entre nosotros, no hemos podido vivir completamente satisfechos con esta carne Mientras tanto aquí estamos todavía, echándolo de menos, disfrutando a medias esta carne; plato de segunda después de haber probado el manjar del cielo, aquí buscamos al Divino Verbo en las historias de sus amigos los primeros discípulos, en sus sacramentos que nos dejó mandados, en el abrazo de amor que nos da el extraño, en el estrechón de paz que deseamos. En el servicio de amor que le prestamos a escondidas. Y desde ahora, desde aquellos pastores asustados y aquellos gritones ángeles, aquella madre María silenciosa y aquel padre Jose anhelante, desde aquella estrella de Belén y aquellos sabios curiosos con regalos caros, desde entonces, y desde ahora late el corazón nuestro, late el corazón que anima a esta carne,
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